Hace tiempo

— Manuel Herrera

Para entender este momento, tengo que ir hacia atrás muchos años, cuando todo era verde, cálido y sencillo. Me gustaría contarles más sobre esa época, pero no tengo ahora las palabras para describirlo. Solo se que un día, algo cambió en mi y se abrío un camino que me atrajó irremediablemente. La irregularidad de esa nueva experiencia era exitante y renovadora, fugaz y multicolor, casi enceguecedora. Todo cambiaba cada vez más rápido, formas y sonidos tan distintos y únicos como nunca los había sentido. Y, en un parpadeo, me vi caminando de la mano de dos enormes seres que me guiaban con amor por este nuevo mundo desconocido. Todo era un peligro y una aventura que no me quería perder, desde esa sopa de ahuyama que devoraba sin paz, el picor del pasto en mis pies desnudos, las canciones que repetía una y otra vez, las lágrimas de mi mamá cuando me daba de comer, las risas y los juegos con el hermano con quien tenemos un remoto pacto de crecer juntos.

El día que con tanta anticipación estuvimos esperando, finalmente llegó. Aunque se me veía tranquilo y controlado, la ansiedad se iba apoderando de mi. Muy de mañana, la valiente mamá trajo a esta existencia a su hija, y yo solo fui un espectador del aquel momento, un honor, en realidad, que me concedió una de las mayores alegrías de toda mi vida. Y sigue siendo para mi un honor poder ser llamado “papá”, ya que esto no es para mi ni una obligación ni un compromiso, sino una verdadera oportunidad de manifestarle mi amor a alguien más, de poder haber sido, hasta el día hoy, un apoyo y guia, en lo mínimo y en lo complejo. Es una devoción que nunca pensé desarrollar, la que les he tenido a mis hijos, que logra vencer mis debilides.